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... y se dicen tantas cosas...
Otra santa más para la Guerra / José Álvarez Junco
Velos y quebrantos / Antonio Elorza
¿Podría el verdadero desarme estar en la
agenda?
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El País, miércoles 13 de marzo de 2002
No ha podido ser más inoportuna la propuesta aprobada por la Conferencia Episcopal Española de que se reavive el proceso de beatificación de Isabel la Católica, iniciado por sus antecesores en tiempos de Franco y Pío XII. Vivimos momentos de máxima gravedad en el conflicto israelo-palestino que envenenan diariamente judíos ultraortodoxos y partidarios de la jihad islámica en su pugna por lugares y territorios que ambos consideran santos. En la India, en estos últimos días, y también disputando por un lugar sagrado, hindúes y musulmanes se han dedicado a quemar trenes atestados de gente (el fuego es un medio de liquidación del adversario muy del gusto de las religiones, porque purifica, elimina cualquier resto de contaminación maléfica). Y desde Argelia hasta Manhattan, los fundamentalismos religiosos atizan el enfrentamiento entre países y culturas, por si fueran pequeños los problemas de la modernización y de la dependencia. Las religiones, en resumen, están demostrando ser un factor que agrava, más que apacigua, los conflictos humanos. Y he aquí que el catolicismo, quizá por haber perdido algo de sus viejos fervores bélicos, no ha desempeñado un papel destacado en estas luchas recientes. Yo diría que por suerte para él. Los obispos españoles, sin embargo, no están contentos. Quieren participar.
La
Iglesia eleva a alguien a los altares porque lo propone como modelo de conducta
para los cristianos. ¿Lo fue de verdad Isabel de Trastámara? Alcanzó, para
empezar, el trono de Castilla de una forma, cuando menos, polémica:
disputándoselo a Juana, hija legítima, en principio, del rey Enrique IV y su
segunda esposa, Juana de Portugal, y reconocida como heredera por las Cortes de
Toledo de 1462. Pero Isabel, hermana del monarca, se apoyó en las fracciones
nobiliarias, siempre deseosas de socavar el poder real, y fomentó el rumor de
que Juana era la Beltraneja, una hija adulterina de la reina, logrando al fin
que fuera desheredada. Ello dio lugar, como se sabe, a una guerra civil,
desarrollada en varias fases, antes y después de la muerte de Enrique IV. Juana
recibió el apoyo del rey de Portugal, su tío Alfonso V, que pensaba desposarse
con ella. Pero Isabel contraatacó concertando su matrimonio con el príncipe
heredero de Aragón, Fernando, y apresurándose a celebrarlo. Un obstáculo se
oponía a las prisas de los contrayentes: que eran primos, lo que obligaba a
pedir una dispensa papal que tardaría meses en llegar. La dificultad se
resolvió falsificando el documento, hecho sobre el que hay acuerdo unánime
entre los historiadores y que espero los señores obispos no encuentren modelo
recomendable de conducta (porque sería arrojar piedras contra su propio
tejado). A partir de ahí, se inició la fase definitiva de la guerra civil, que
acabó en 1479 con la victoria de Isabel y el bando aragonés.
Hasta
aquí, por tanto, no tenemos mucho de ejemplar en la vida de Isabel. Como
aspirante al poder, no había sido sino una hábil jugadora en el tablero
político, sin más escrúpulos con la ley o con los derechos de los otros
candidatos de los que mostraría un aventajado discípulo de Maquiavelo. Pero no
es ésta la principal razón por la que no deberían proponer su beatificación,
porque lo más grave vino luego, cuando se convirtió en reina y se ganó el
título de Católica.
Una
vez instalados en sus dos tronos, los monarcas de Castilla y Aragón
emprendieron, como todo el mundo sabe, una guerra contra el único reino
musulmán que quedaba en la Península, el nazarí de Granada. La guerra fue larga
y terminó en victoria. Pero no por medio de la 'conquista de Granada', como suele
decirse, sino por la capitulación pactada de esta ciudad. 'Capitulaciones' se
llamaron, en efecto, a las condiciones firmadas por Isabel y su esposo, por las
que el reino entró bajo la soberanía castellana, pero comprometiéndose a
respetar la lengua, la religión, la forma de vestir y las autoridades
judiciales tradicionales de los hasta entonces súbditos de Boabdil. Cláusulas
semejantes se habían pactado en previos avances cristianos hacia el sur y algo
de tolerancia y de convivencia multicultural había tenido lugar, en efecto, en
el Toledo de Alfonso VI o la Sevilla de Alfonso X. Pero esta vez no iba a ser
así. Durante los primeros años, los reyes mantuvieron en el obispado de Granada
a Hernando de Talavera, fraile culto y paciente que intentó, desde luego, la
conversión de los musulmanes, pero por métodos pacíficos, limitando la
actuación de la Inquisición y haciendo que sus predicadores aprendieran el
árabe para facilitar la aceptación de su mensaje. A Talavera -a quien nadie
propone canonizar hoy- le sucedió Cisneros, que emprendió la evangelización de
los musulmanes granadinos por métodos coactivos mucho más directos, con lo que
forzó rápidamente unos miles de conversiones, pero también provocó dos
sublevaciones sucesivas, en el Albaicín y las Alpujarras, reprimidas sin
contemplaciones por orden de la propuesta beata y su esposo.
El
14 de febrero de 1502 -acaba de cumplirse el medio milenio, aunque ha pasado
desapercibido-, la real pareja decidió, por fin, desentenderse de aquellas
'Capitulaciones' que había firmado con toda solemnidad diez años antes. Y se
decretó la expulsión de todos los granadinos que no aceptaran la conversión al
cristianismo. No quiero en este artículo discutir el acierto o la necesidad
política de aquella medida, sino juzgarlo como ejemplo moral. Y, francamente,
no me parece que estén los tiempos como para erigir en modelo de conducta a
quienes, por un lado, desprecian de manera tan descarada la palabra dada y, por
otro, imponen su religión por medios tan violentos. Una imposición que se
repetiría en esa América en la que tantas almas se 'conquistaron', según
constatan con satisfacción los obispos.
Con
los musulmanes, los reyes no hacían sino repetir la fórmula utilizada diez años
antes con los judíos. El decreto de conversión forzosa o expulsión de los
judíos se había dictado, en efecto, en la primavera de aquel célebre 1492, sólo
tres meses después de la capitulación de Granada. En este caso hubo una
circunstancia agravante, ya que, según parece, los monarcas aprovecharon la expulsión
para desembarazarse de una comunidad con la que habían contraído graves deudas
durante la guerra granadina. De nuevo evitaré debatir aquí si la paz social que
ganó el país con la homogeneidad religiosa compensó la pérdida que supuso la
expulsión de aquel sector social tan dinámico intelectual y profesionalmente.
Ahora sólo se trata de evaluar la catástrofe humana que provocó la medida, el
desprecio que mostró la reina hacia el sufrimiento de sus semejantes: unas cien
mil personas, al menos, hubieron de abandonar la tierra donde sus antepasados
habían vivido más de un milenio, se vieron obligados a malvender sus
propiedades y a emigrar sin poder llevarse el oro o la plata obtenido en la
venta, con las imaginables secuelas de muertes de ancianos y niños en el camino
y de ejecuciones ejemplares para quienes se resistían a obedecer la orden. Hay
todavía rincones en Europa donde los descendientes de aquellos sefardíes
conservan y cultivan su castellano del siglo XV y recuerdan con nostalgia
aquella Sefarad de la que tuvieron que salir por orden de la reina católica.
¿Cómo pueden recibir la noticia de la beatificación de la firmante de aquel
decreto? Puede que los obispos se hayan planteado esta pregunta y puede que no,
pero en ambos casos parecen tener, ante esta población, una insensibilidad
parecida a la que mostró aquella reina a la que hoy quieren beatificar.
Tampoco
terminan ahí los agravios. Otro más hay, esta vez inferido a la humanidad en su
conjunto, a la libertad de pensamiento y expresión, al mundo moderno que
anunciaba su aparición y a la comunidad intelectual en especial. Al comienzo
mismo de su reinado, Isabel de Castilla, con el pretexto de vigilar la
ortodoxia de los judeo-conversos y castigar a quienes recayesen en sus antiguos
cultos, extendió a Castilla el Tribunal del Santo Oficio. No es que hasta
entonces no se hubiera reprimido la 'herejía' -es decir, las interpretaciones
del mensaje bíblico diferentes a la mantenida por la Iglesia-, pero este rincón
de Europa se había resistido a establecer un tribunal especial encargado de tal
misión. Siguió resistiéndose, tras adoptar la medida los Reyes Católicos, como
demuestra el asesinato del inquisidor Pedro de Arbués en Zaragoza. Pero a la
postre los reyes impusieron su voluntad. Y como los judíos y musulmanes
acabaron siendo expulsados, sus sucesores, convertidos por ley en cristianos,
cayeron bajo la jurisdicción inquisitorial, al igual que cayó todo sospechoso
de albergar ideas innovadoras que pudieran atentar contra el dogma. Durante más
de tres siglos, el tribunal pesaría como una losa sobre cualquier mente
pensante del país y apartaría a éste de la revolución intelectual que sacudió a
Europa. Y del número total de 'relajados' -condenados a la hoguera- por parte
del Santo Oficio a lo largo de sus trescientos años de historia,
aproximadamente la mitad correspondieron al cuarto de siglo inicial; justamente
los años que duró el reinado de aquella Isabel I que ahora los obispos
españoles proponen para la beatificación.
Ellos
sabrán. O de verdad se consideran mensajeros de una religión de paz y amor, y
en ese caso adoptan gestos que ayuden a la reconciliación y el apaciguamiento
de los conflictos humanos, o prefieren ser beligerantes en la pugna por el
poder terrenal, invocando mandatos sobrenaturales. En este último caso, no hay
duda de que hacen bien en beatificar a Isabel la Católica, porque sus medidas
ayudaron a afianzar la influencia social y el poder político de la Iglesia
durante siglos. Pero me temo que la única opción que nos queda entonces a los
demás, a quienes queremos legar a nuestros hijos una sociedad pacífica y
civilizada, consiste en pedir que el dinero público destinado a educación se
dedique exclusivamente a impartir valores cívicos, sin el menor contenido
religioso. No por anticlericalismo, sino por vacunarnos contra futuros
conflictos. Porque, a juzgar por los modelos de conducta que nos proponen, los
obispos parecen decantarse por un tipo de religión peligrosa para la
convivencia ciudadana.
José Álvarez Junco es catedrático de Historia del Pensamiento
Político y los Movimientos Sociales en la Universidad Complutense. Su libro más
reciente es Mater Dolorosa. La idea de España en el siglo XIX (Taurus,
2001).
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Cada
vez que se plantea la cuestión de la convivencia entre musulmanes y
occidentales dentro de una de nuestras sociedades, pienso en algunos símbolos de
la misma todavía visibles en monumentos arquitectónicos de la España medieval.
Recuerdo la llave verde de entrada en el jardín de Alá que colocó el alarife
creyente junto a la puerta del convento de Santa Clara en Tordesillas o en el
propio paraíso de rasgos coránicos, interrumpido por una ventana mudéjar con su
ajimez, al lado del juicio final estrictamente cristiano, en los muros de la
iglesia de San Román en Toledo. La convivencia de culturas tuvo sin duda poco
que ver con la imagen dulzona que de ella se tiene. Sin embargo, todo indica
que en aquellas circunstancias una sociedad plural desde el punto de vista
religioso fue capaz de sobrevivir, por encima de los conflictos, hasta la
segunda mitad del siglo XV.
Aplicando
esa lectura al presente, podemos decir que la sociedad multicultural es
posible, y en gran medida inevitable. A la vista de las cifras y el ritmo de la
inmigración, el objetivo de una deseable integración no estará a nuestro
alcance sin un reconocimiento de la pluralidad ante la presencia de colectivos
muy numerosos y con alto grado de cohesión interna. La pretensión de forzar el
proceso de incorporación sobre la base de que sus culturas no son democráticas
y la nuestra lo es, está destinada a provocar interminables conflictos, en
primer término con los derechos democráticos de las minorías, para desembocar
en el fracaso.
Ahora
bien, una vez más hay que insistir en el riesgo de intentar la conjura de las
actitudes xenófobas por medio de la angelización del inmigrante, cuya cultura y
cuya religión serían otros tantos lugares sagrados que nuestra ignorancia de
occidentales debiera respetar. Conviene partir de que el respeto a la cultura
del otro en una sociedad democrática tiene como complemento la exigencia de
oponerse a aquellos valores y comportamientos del colectivo que estuvieran en
abierta contradicción con el marco legal democrático. Y en segundo término, el
Estado de derecho ha de garantizar que la normativa interna del colectivo no
cercene la libertad individual de sus miembros. De cara a la inmigración
musulmana, ambas cuestiones invitan a la reflexión, dado que los problemas son
reales, aunque en gran medida resolubles, y por supuesto aconsejan arriesgarse
a la información sin el velo del respeto reverencial que parte del colectivo y
de sus estudiosos viene exigiendo. Tanto más cuanto que el 11-S no es una
invención, y tampoco lo es que sus autores se reclamaban de la ortodoxia
islámica. Y que, si había Al Qaeda instalada en España, es porque algún
ambiente lo propiciaba. Es falso que desde entonces haya tenido lugar entre
nosotros un salto adelante de la xenofobia; más bien se está creando un
ambiente viscoso para cualquier discusión sobre el Islam. Olvidan los
apologistas y censores voluntarios de toda crítica que nada mejor para eliminar
los reflejos antiárabes que la fijación de los límites entre minorías
terroristas de raíz islámica y conjunto de la comunidad musulmana.
Contamos
además con las enseñanzas de la experiencia francesa desde que en 1989
estallara la cuestión del hiyab en las escuelas laicas. No vino mal dejar las
cosas claras y poner de manifiesto que en cualquiera de sus formas el velo o el
pañuelo que cubría el pelo de las estudiantes constituía una infracción al
principio de la escuela laica por el cual no debían exhibirse signos religiosos
en los centros de enseñanza. Da vergüenza ajena leer en comentarios de
especialistas que el hiyab carece de connotaciones religiosas en una creyente y
que es un símbolo cultural como la txapela o el pañuelo rojo de San Fermín. Ante
todo, en el Islam lo cultural no está separado de lo religioso, y, en caso de
polémica que afecte a su religión, el creyente está obligado a defenderla por
encima de todo ante el infiel. Por lo demás, sólo hay que pasearse por una
ciudad marroquí, tunecina o egipcia para comprobar cómo los pañuelos cubriendo
la cabeza y otros artilugios han acompañado al ascenso irresistible del
islamismo entre las capas populares.
Lo
que cuenta no es la forma del vestido, sino la sumisión al objetivo propuesto
de preservar el pudor femenino, con todas las connotaciones que ello tiene en
cuanto a la posición de la mujer. Hiyab significa originariamente cortina, y en
su aplicación práctica al vestido por la jurisprudencia islámica supone la
exigencia de que sólo resulten visibles el rostro y las manos de la mujer. Nada
de cultura regional: sentencia del Profeta, quien al ver a una esposa con un
vestido fino le advirtió: 'Cuando una muchacha llega a la pubertad no es
adecuado para ella mostrar sino eso y eso', señalando a su cara y a sus manos
(hadiz de Abu Dawud). Y los hadices o sentencias son tan obligatorios para el
creyente como el Corán, y si no que se lo digan a las mujeres iraníes que en la
revolución de los ayatolás fueron destinatarias del siguiente mensaje: Rusavi ya
tusavi (El pañuelo en la cabeza o el palo). Sin duda la cultura con sangre
entra. La entrada en juego de otras sentencias, como la relativa a la
prohibición de animales pintados en la ropa, a la reserva de los encantos
femeninos o al papel incitador de la mirada sirven de base a ulteriores prendas
represivas, desde el chador al burka. Lo importante sería, pues, que
efectivamente no existiera una presión familiar o de un sector de los creyentes
para que la mujer lo llevara so pena de ser considerada infractora. Es un
combate que sería inútil dar por la vía de las sanciones, puesto que la
adolescente implicada proclamaría siempre que lo llevaba libremente, y sí cabe
emprender en el campo de la educación para que las jóvenes musulmanas de
nuestros países lleven velo, pañuelo o trenzas según su voluntad.
Conocimiento,
tolerancia y enseñanza laica han llevado en Francia a eliminar prácticamente el
problema. El hiyab no está prohibido, pero tampoco recomendado, y con el
análisis y la transigencia ante casos individuales, si el asunto lo permite, la
tensión prácticamente ha desaparecido. Y esa pauta debiera seguirse para otras
cuestiones, relativas sobre todo a las eventuales formas de presión del hombre
sobre la mujer, problema presente, aun sin Islam en nuestras sociedades. Por
otra parte, es preciso tomar en consideración la enorme capacidad de la
religión musulmana para envolver literalmente al creyente en todas las facetas
de su vida, lo cual invita siempre a la cautela cuando se trata de valorar
comportamientos que de cerca o de lejos tengan que ver con la religión. Nada
grave pasa si los alumnos musulmanes de un instituto o los trabajadores de una
fábrica cumplen con el ayuno del Ramadán, rezan mirando a La Meca o celebran la
fiesta del Cordero. Otra cosa es si un hermano prohíbe a su hermana,
sirviéndose de la violencia, que tenga un novio de otra religión, o un padre
impide que sus hijos vayan a la clase donde se enseña Darwin o se practica la
gimnasia. Lo primero es expresión de multiculturalismo, lo segundo violación de
la libertad individual y del derecho a la enseñanza. Y, en este segundo
apartado, el derecho del Estado democrático no debe ceder ante los mandatos
religiosos interpretados desde una óptica integrista. De nuevo aquí hay que
saber para juzgar, porque en otro caso se terminan diciendo barbaridades tales
como que el hiyab es el primer paso para la ablación del clítoris, que
nada tiene que ver con la sharia (ley coránica).
La misma exigencia se plantea en un tema que el sector mencionado de nuestra islamología soslaya siempre: la presencia en el marco del Islam de una tradición integrista cuya formulación queda prácticamente fijada en la Edad Media, a partir de la necesidad de reproducir las normas del Islam originario, y que luego resurge cada vez que la comunidad se siente amenazada desde el exterior por unas formas religiosas, culturales o de poder juzgadas como propias de infieles. Fue la reacción de los wahabíes en el siglo XVIII y más cerca de nosotros la del integrismo reactivo que radicaliza en las últimas décadas el proyecto islamista de los Hermanos Musulmanes egipcios, confluyendo ambos en la actual deriva terrorista. No otra cosa representa la estrecha colaboración de Bin Laden y Al-Zauahiri.
Las
señas de identidad de ese integrismo militante son claras y resultan por tanto
perfectamente aislables respecto de las formas de existencia vigentes en casi
todas las sociedades musulmanas: la satanización de Occidente, un conformismo
ciego con la utopía de una sociedad islámica tan armónica como represiva, el
vestido de la mujer como emblema de la moralidad islámica o del libertinaje
occidental alternativamente, el énfasis en la yihad en tanto que guerra sagrada
que garantizará la expansión universal del Islam. Aquí es preciso tener en
cuenta que todo se juega en el interior de los colectivos musulmanes, tanto en
Occidente como en los Estados árabes, y la mayoría en modo alguno responde a
esa orientación radical. Pero ésta existe, tiene un grado de difusión acorde
con la globalización y su peligro no es desdeñable, tanto para nosotros los
occidentales como para la supervivencia de ese Islam diferente pero abierto a
la integración que va instalándose entre nosotros. Claro que todo lo anterior
tiene sentido si Sharon y Bush dejan de ejercer en Palestina de incendiarios.
Antonio Elorza es catedrático de Pensamiento Político en la
Universidad Complutense.
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desarme estar en la agenda? È
Como
alguien que, desde 1945, siempre ha creído que el desarme nuclear era la
condición más importante para la supervivencia a largo plazo de la vida civilizada
en la Tierra, me animé mucho con varias de las fuertes reacciones contra los
contenidos de la 'revisión de la postura nuclear' estadounidense que se había
filtrado a la prensa el 9 de marzo. La 'postura' incluye planes de contingencia
para el uso de armas nucleares contra siete Estados, unos planes a los que The
New York Times replicó con un editorial que comenzaba: 'Si otro país
estuviese planeando desarrollar nuevas armas nucleares y contemplando ataques
preventivos contra una lista de potencias no nucleares, Washington lo tildaría,
con razón, de peligroso Estado irresponsable. Aun así, ése es el curso
recomendado' por los documentos de planificación del Pentágono. The
Washington Post, al tiempo que reiteraba su constante respaldo a las
actuales acciones militares, concluía su editorial diciendo: 'La Administración
de Bush hace bien en centrar más su planificación estratégica en disuadir a los
Estados irresponsables, pero desarrollar nuevas armas nucleares contra esa
amenaza no es ni necesario ni sensato'.
Robert
S. McNamara, que fue secretario de Defensa de Estados Unidos durante las
primeras fases de la guerra de Vietnam, criticó inmediatamente la revisión de
la postura aduciendo varias razones: que Estados Unidos ha roto el tratado ABM
para construir un nuevo escudo contra misiles en el espacio; que los planes de
contingencia antes mencionados socavan el Tratado de No Proliferación Nuclear
al amenazar con nuestras armas nucleares a países que no disponen de esas
armas; que la revisión 'parece exponer un plan de cuarenta años para
desarrollar y adquirir nuevas armas nucleares', y que las pruebas nucleares de
dichas armas 'irían flagrantemente en contra de vitales compromisos de no
proliferación contraídos por Estados Unidos'. Finalmente, y para no limitar mis
ejemplos a la inmediata reacción contra la Revisión de la Postura Nuclear, me
gustaría mencionar que la Fundación por la Paz en la Era Nuclear está haciendo
circular en Estados Unidos desde principios de año un llamamiento a 'comenzar
negociaciones de buena fe para alcanzar un Convenio sobre Armas Nucleares en el
que se exija la eliminación por fases de todas las armas nucleares, con
cláusulas de verificación y aplicación efectivas'. Este llamamiento lleva las
firmas de personajes de talla mundial tan admirados como Mohamed Alí, el ex
presidente Jimmy Carter, el Dalai Lama, el arzobispo Desmond Tutu, Elie Wiesel,
y el alcalde de Hiroshima, Tadatoshi Akiba.
En
el presente artículo me gustaría evaluar las posibilidades de un verdadero
desarme. Pero primero una advertencia: el impulso de la 'guerra contra el
terror' del presidente Bush, y el consejo de todos sus asesores importantes,
con la excepción en parte de Colin Powell, están firmemente a favor de nuevas
armas, tanto nucleares como no nucleares, desarrolladas si es posible con la
aprobación de los aliados, pero unilateralmente si no se puede conseguir dicha
aprobación. Las reacciones editoriales que he citado antes no piden un desarme
de ningún tipo. Reflejan consternación por el hecho de que el Gobierno no se
haya percatado siquiera de lo peligrosos que son para el propio Estados Unidos
estos rechazos de las obligaciones internacionales y su disposición a ampliar
la carrera nuclear y militarizar al espacio exterior, así como esta Tierra que
lleva tanto tiempo padeciendo. De esa forma, hacen un llamamiento a una pizca
de control lógico.
La
Administración se inclina por un cierto desarme en sus propios términos. Para
liberar recursos nucleares, así como a los talentos científicos y técnicos
necesarios para crear armas más sofisticadas y precisas, Estados Unidos propone
una gran reducción voluntaria de miles de misiles que ahora están en estado de
alerta en las bases rusas y estadounidenses. Esto se debe hacer sin firmar
papeles, y manteniendo los misiles almacenados por si acaso algún cambio
impredecible en el clima internacional nos exigiese ponerlos rápidamente en
alerta otra vez. Los rusos, que han recobrado su sentido del humor desde la
caída del comunismo, se han referido a esto como política del 'almacén
nuclear'.
Un
obstáculo más difícil radica en el hecho de que a la opinión pública
estadounidense, como se refleja en el comportamiento del Senado de ese país, no
le gusta aceptar obligaciones internacionales. El Senado se negó a ratificar el
Tratado General de Prohibición de Pruebas porque, obviamente, limitaría la
capacidad del país para crear y probar nuevas armas. Muchos legisladores no
tienen nada bueno que decir a favor de Naciones Unidas como tal, y se niegan a
tener nada que ver con el propuesto tribunal internacional para juzgar crímenes
de guerra. No tienen el menor reparo en decir que no permitirán que un soldado
estadounidense sea juzgado por un tribunal así. Sus predecesores conquistaron
el Lejano Oeste sin tener que aplicar las convenciones de Ginebra a los
guerreros indios capturados, y declaran que los combatientes talibanes y de Al
Qaeda apresados no son verdaderos prisioneros de guerra (otro salto atrás
psicológico a la actitud que sus antepasados tenían hacia los indios).
De
hecho, existe ya una base muy práctica desde la que iniciar un verdadero
desarme nuclear. En 1970, las potencias nucleares existentes (y todavía las
principales) -Estados Unidos, Rusia, Reino Unido, Francia y China- patrocinaron
un Tratado de No Proliferación, en el que pedían al resto del mundo que
renunciase a desarrollar armas nucleares, a cambio de lo cual el grupo nuclear
se comprometía solemnemente a negociar la reducción y eliminación final de sus
arsenales nucleares. Sin sarcasmos innecesarios y sin señalar a nadie, sin
ninguna referencia a otros tratados que nunca fueron ratificados por el Senado,
el 'club' nuclear podría ahora tomar la iniciativa de cumplir con dicha
obligación.
Hay
también varias circunstancias prácticas que deberían hacer posible que los
líderes de todos los países reconociesen la creciente importancia del desarme
nuclear para la supervivencia de la vida civilizada. Desde 1970 (y antes) ha
habido accidentes en plantas nucleares en los que se liberaron peligrosas
cantidades de radiactividad en la atmósfera, y finalmente en el suelo y el agua
de los que dependen millones de personas. No ha habido forma de ocultar estos
hechos. Independientemente del secretismo del Gobierno, los sismógrafos de todo
el mundo han detectado cada prueba nuclear y cada accidente nuclear desde 1945.
Ha habido también al menos nueve hundimientos de submarinos nucleares, a los
que se ha dado muy poca publicidad, con el consiguiente envenenamiento de las
aguas oceánicas. Además, la eliminación segura de los residuos nucleares
procedentes de actividades civiles bien controladas es un problema aún sin
resolver, del que las élites políticas son sin duda conscientes, aun cuando
eviten la discusión pública del tema. ¿Dónde, y en qué cantidad, con la
posibilidad de poner en peligro las casas y las tierras de quién, se deberán
enterrar los cientos de toneladas de residuos nucleares que incluyen elementos
que seguirán siendo radiactivos durante varios siglos? ¿Con qué derecho ponemos
en peligro deliberadamente la salud de estas generaciones futuras? Sin herir
los sentimientos religiosos o ideológicos de nadie, los delegados de una
conferencia de desarme podrían asumir mutuamente la obligación de reducir, en
la medida en que todavía sea posible, estos riesgos para la salud.
Otra
circunstancia importante es el hecho de que, en contraste con la situación de
1970, ya no vivimos en un mundo bipolar. En aquella época, Estados Unidos y la
URSS eran tan abrumadoramente poderosos que, dado que los dos se podían
destruir mutuamente más de 100 veces, y eran conscientes de ese hecho, el resto
del mundo podía relajarse en la seguridad de que líderes tan pragmáticos como
Nixon y Breznev tendrían cuidado de no iniciar una guerra nuclear. Pero hoy
estamos en un mundo de diferencias religiosas fuertemente revividas, de
nacionalismos militantes, de menos debate ideológico pero más temor, odio, y
celos basados en la creciente desigualdad entre las sociedades prósperas y las
pobres, y en el hecho de que esta desigualdad creciente sea tan evidente en las
pantallas de televisión que ve prácticamente todo el mundo. Esta situación debe
hacer que todas las personas cuerdas se den cuenta de que ningún pequeño grupo
de potencias como el club nuclear de 1970 puede aspirar a limitar la
propagación de las armas nucleares. En ese sentido, puedo estar de acuerdo en
que el tratado ABM está 'desfasado', pero no con el propósito de eliminarlo
para sentirnos libres de crear todo tipo de monstruosas armas nuevas.
La
única política cuerda es reconocer que o bien nos libramos de las armas
nucleares, o su uso, ya sea intencionado o accidental, acabará matando a
millones de personas y envenenando las condiciones de vida de los
supervivientes y sus sucesores. Necesitamos una conferencia de desarme mundial
que dure los años que hagan falta para negociar un desarme general, verificable
y permanente de todas las reservas existentes de armas nucleares, químicas y
biológicas.
Gabriel Jackson es historiador estadounidense.